Hay comentarios sobre la memoria, la atención o el sueño que todos hemos oído y que probablemente hayamos dicho alguna vez. Casi todos parten de una premisa cierta, y suenan lo bastante razonables como para que los aceptemos sin mucha revisión. Y sin embargo nos influyen más de lo que creemos, hasta el punto de que dejamos pasar síntomas corregibles, o vivimos otros con una alarma excesiva.
He agrupado unos cuantos por temas, que es como suelen aparecer en consulta.
La memoria y la edad
«Perder memoria con la edad es normal». «Si pierdes memoria, seguro que tienes una demencia». «Si me preocupo tanto por los olvidos, será que mi caso es grave».
Lo primero es cierto en parte. La memoria cambia con los años y se vuelve algo menos eficiente, igual que el resto de funciones, como se aprecia bien conforme uno va cumpliendo años. El nombre que no aparece, las llaves que no se sabe dónde se han dejado.
Pero de ahí a una enfermedad como una demencia hay un trecho largo, y en medio caben muchas otras explicaciones. Enfermedades físicas, dolor, algunos medicamentos, problemas de vista o de oído, aislamiento social, ansiedad o un cuadro depresivo pueden dejar la memoria en baja forma sin que haya ninguna enfermedad degenerativa detrás. Buena parte de esas causas son corregibles, que es justo el motivo por el que conviene mirarlas.
La tercera frase falla de otra manera: el grado de preocupación no mide la gravedad del cuadro. Quien viene por su propio pie, muy inquieto por sus olvidos, no suele ser el caso más serio. A menudo hay que mirar con más calma a quien no le ve mayor problema y viene traído por la familia.
Por eso la respuesta razonable no es ni asustarse ni dejarlo pasar, sino afinar en la valoración: saber qué está fallando exactamente, descartar lo que hay que descartar y ver qué se puede corregir.
El TDAH
«El TDAH es cosa de niños». «Si sacaste buenas notas, no puedes tener TDAH». «Si puedes pasar horas concentrado en un videojuego, no tienes TDAH». «Ahora parece que todos los niños tienen TDAH». «Esa medicación deja a los niños atontados».
El trastorno por déficit de atención empieza en la infancia, desde luego, y es entonces cuando suele detectarse. Pero no es raro que algunos casos pasen más desapercibidos, o que se compensen bien durante años con esfuerzo, y que solo den problemas en la edad adulta, cuando aumentan las exigencias y ya no hay quien organice la agenda. Es ahí cuando muchos acuden por primera vez a consulta.
Como no existe una prueba única que dé el diagnóstico, es frecuente recurrir a atajos: si aprueba todo, no puede ser; si aguanta dos horas seguidas con un videojuego, tampoco. Lo que muestran esos ejemplos es otra cosa. Atención tenemos todos; el problema está en regularla, en dirigirla a lo que toca y sostenerla cuando la tarea no engancha por sí sola. Una pantalla ofrece estímulo constante y recompensa inmediata; un temario, no.
Tampoco hay una epidemia de TDAH. Hay más conocimiento y más detección, por parte de los colegios y los docentes, de los pediatras y de las propias familias, con lo que se valora más y mejor y, por supuesto, se trata de una forma más adecuada.
Y está el temor a la medicación, que es la duda que más se repite en consulta. Conviene separar dos cosas. La primera: tratar no es sedar. Cuando un tratamiento funciona, lo que se ve no es un niño apagado, sino uno capaz de sostener lo que antes se le escapaba; si aparece un niño apagado, eso es un efecto que hay que revisar, no el objetivo. La segunda: no todos los casos necesitan fármacos. Muchos se manejan con apoyo educativo, pautas en casa y terapia, y cuando se indica medicación es dentro de un plan y con seguimiento, no como única respuesta.
El sueño
«Para dormir mejor basta con tener buenos hábitos». «Hay que dormir ocho horas para funcionar bien». «Dormir mal es normal, hay que aguantarse». «Si no duermo, al menos me quedo en la cama descansando». «Con una pastilla se arregla».
El sueño, como el resto de funciones, cambia de una persona a otra, con la edad y con las circunstancias. No se duerme igual a los quince años que a los setenta, ni en una semana de trabajo que en vacaciones. Y quien hace turnos o guardias tiene un problema añadido: su horario cambia cada pocos días, así que dormir con cierta regularidad exige planificarlo, no sale solo. Las ocho horas son una media, no una receta: hay quien funciona bien con siete y quien necesita nueve.
Los buenos hábitos ayudan, pero no corrigen por sí solos un insomnio instalado. Es muy frustrante llevar años durmiendo mal y que la solución que le den a uno sea «ya dormirás», «no pasa nada por no dormir» o «evita las siestas». Cuando el problema lleva meses o años, hace falta un abordaje específico.
La idea de quedarse en la cama aunque no llegue el sueño merece un párrafo aparte, porque parece de sentido común y funciona justo al revés. Pasar horas despierto en la cama no aporta descanso, y en cambio va convirtiendo la cama en el sitio donde uno se desvela, da vueltas y mira el reloj. La asociación se aprende, y luego basta con meterse entre las sábanas para que la cabeza se ponga en marcha. Deshacer esa asociación, y ajustar el tiempo que se pasa en la cama, es una de las piezas centrales del tratamiento del insomnio crónico.
Queda el asunto de la medicación. Hay fármacos muy útiles para el insomnio agudo, durante periodos cortos, pero con demasiada frecuencia acaban usándose más tiempo del aconsejable, con los problemas de cronificación, tolerancia y efectos secundarios que eso conlleva. Los médicos lo sabemos; también es cierto que, por falta de tiempo en consulta y por presión asistencial, a veces los prescribimos más tiempo del que nos gustaría.
Lo que tienen en común
Todas estas frases fallan en una de dos direcciones: unas asustan de más y otras normalizan lo que convendría mirar. El error, sin embargo, es el mismo, y consiste en zanjar con una frase hecha lo que solo se aclara mirándolo: qué está pasando exactamente, a qué se debe y qué se puede hacer.
Este artículo tiene un propósito divulgativo y no sustituye una valoración profesional individualizada.